Dicen que los marinos dejan un
amor en cada puerto. Y puedo decir (con cierto pesar) que tal afirmación, tal
vez difamatoria no siempre es verdadera.
En mi corazón sólo habita una
mujer, ella me conoce y me apoya a cada instante, sus cadencias y movimientos
pausados me relajan en su seno amatorio. En estos largos viajes surcando la
vida, con variados objetivos, nunca sabrá si volveré vivo. Pero ahí está con
una sonrisa y su mirada sincera esperando recibirme.
Es verdad, al llegar a cada
nueva tierra son muchas quienes se nos acercan y nos entregan su pasión de
hembra a cambio de un poco de compañía y un par de historias de tesoros y
batallas. Pero puedo jurarles señores que de todas las camas que he visitado,
ninguna me ha enamorado ni mucho menos interesado.
La culpa es de ellas que
asumen en un compromiso casi infantil que uno regresará del horizonte,
encallará su barco para siempre y se someterá a una ilusión mundana de amor
humano, no me hagan reír.
No señores, me he acostado con
miles, pero jamás he sentido una pizca de amor por alguna. Mi viejo y
cicatrizado corazón de marino tiene una sola dueña, que estoy seguro que cuando
llegue el día de mi muerte, entre sus brazos me va a recibir y me mecerá hasta
perderme en ella.
Soy un viejo marino, conozco
el mundo de punta a cabo, cada una de mis cicatrices puede contar mil historias
y jamás he derramado ni una sola lágrima. No soy de cuentos ni ilusiones, pero sé
que mi destino está sellado, y cuando al fin llegue al fin de mis días, habrá
sólo la caricia suave de mi mar amado.
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