Dicen que los marinos...

Dicen que los marinos dejan un amor en cada puerto. Y puedo decir (con cierto pesar) que tal afirmación, tal vez difamatoria no siempre es verdadera.

En mi corazón sólo habita una mujer, ella me conoce y me apoya a cada instante, sus cadencias y movimientos pausados me relajan en su seno amatorio. En estos largos viajes surcando la vida, con variados objetivos, nunca sabrá si volveré vivo. Pero ahí está con una sonrisa y su mirada sincera esperando recibirme.

Es verdad, al llegar a cada nueva tierra son muchas quienes se nos acercan y nos entregan su pasión de hembra a cambio de un poco de compañía y un par de historias de tesoros y batallas. Pero puedo jurarles señores que de todas las camas que he visitado, ninguna me ha enamorado ni mucho menos interesado.

La culpa es de ellas que asumen en un compromiso casi infantil que uno regresará del horizonte, encallará su barco para siempre y se someterá a una ilusión mundana de amor humano, no me hagan reír.

No señores, me he acostado con miles, pero jamás he sentido una pizca de amor por alguna. Mi viejo y cicatrizado corazón de marino tiene una sola dueña, que estoy seguro que cuando llegue el día de mi muerte, entre sus brazos me va a recibir y me mecerá hasta perderme en ella.


Soy un viejo marino, conozco el mundo de punta a cabo, cada una de mis cicatrices puede contar mil historias y jamás he derramado ni una sola lágrima. No soy de cuentos ni ilusiones, pero sé que mi destino está sellado, y cuando al fin llegue al fin de mis días, habrá sólo la caricia suave de mi mar amado.

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